Tengo la impresión de tener un doble y a veces escribo de eso, para defenderme. Le comparto un relato: Cuando pienso en miedos, hay dos escenarios, la ciudad me transmite violencia, recuerdo del departamento céntrico en el que viví, en mi vecino que cosechaba marihuana para su uso, recuerdo que cierta noche después de ver la horrible película de Salo, se fue mi compañía y me quede sola, estaba en la última habitación, al extremo opuesto de la entrada, en la habitación del balcón de la esquina, alguien tocó, tocaron desesperadamente la puerta, pensé que era un policía, buscando dealers, realmente alguno pudo haber vivido en ese edificio, me asustó; o bien querían hacerme daño o buscaban ayuda, no abrí, me encerré tanto como pude, tres puertas se interponían, la última con seguro y clavija, no podía hacer llamadas, me salí al balcón en aquella noche, esperé a que dejaran de tocar, eso duro tal vez más de una hora, después esperé otra hora para tranquilizarme, finalmente me acosté en esa cama que no era mía, tal vez fue por lo mucho que me tensaba Pasolini, lo maquiavélica que puedo ser en las relaciones sentimentales, la compañía o la falta de ella, así se traducen los miedos en la ciudad, a ella la presentía en esos momentos, a Sofía, acomoda cosas en lugares diferentes a los mios.
En ese departamento no teníamos muebles, un comedor sencillo y ya, un librero de rejas en medio, el lugar de la sala vacío, era ideal para bailar, gymnopédie uno de Satie era mi preferida para esos momentos, a Sofía le gusta bailar, me invadía, baila por mí, yo vivo pelando con ella, para ver quien hace los saltos, me gusta la sensación que dan de volar y a ella le gusta la atención que atraen.
Cuando pienso en el otro escenario, en el pueblo chico, el miedo a perderlo, me absorbe, recuerdo cuándo me pegó, ya lo había hecho antes pero no con la intención y con el sentimiento de frustración y odio necesarios, le frustraba que yo no estuviera viviendo la vida que me merecía, viajando, conviviendo con maestros, colegas, alumnos y compañeros, aprendiendo de la vida y viajando, ¿a dónde quería yo viajar?, estaba feliz en sus cuatro paredes, en el trabajo de la esquina de la casa, cerca de él, para él representaba su trascendencia, me heredó todo lo que pudo, tal vez no era mucho, pero era su trabajo, su tiempo, su esfuerzo, me dio una cachetada con la mano cerrada, el lenguaje se apoderó de mi mundo, inundó, invadió cada milímetro de mi existencia, muchas circunstancias se contaminaron, espejos para siempre quebrados, sombra de voces para siempre acalladas, creo le dije algo así como; te estás muriendo, te vas a morir, tienes cáncer - como si fuera la voz del destino, salí de ahí llorando, sequé mis lágrimas en el camino, llegué a mi clase de danza contemporánea, inhalé, exhalé, olvidé, fue entonces cuando vi a Sofía, nunca la había visto de frente, ese día bailamos juntas. No pasó mucho tiempo después, lo perdimos.
Desde entonces tenemos miedo de las alturas, hemos avanzado poco a poco, no lo hemos superado del todo, hemos avanzado claro, nos subimos a un puente alto, lo cruzamos unas ocho veces, recordamos juntas la historia de madre, de la chica suicida, se ahorco con un lazo de cortinas, después recordé la historia de la chica que se tira del puente, nos aterró la idea, pero una chica que pasó nos ayudó a pasarlo una vez más, esa noche bailamos con la canción de Foster the people, aquella que habla del estudiante que mata a sus compañeros, porque tienen zapatos caros, las luces de los autos nos tranquilizaron.
No sé si es a Sofía o a mí, las luciérnagas llaman su atención, encontrarlas es buen augurio, aunque no fueran reales, en papel, en anuncios, en películas, en libros, en divinas comedias, en la oscuridad como luces en la ciudad, faros en la carretera, desde el puente de cruce bailamos con ellas.
Pretendo mejorar este relato.
Gabriela González Sánchez
In Domestika da agosto 2022
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Corsi
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