El Ingrediente Secreto
by fermendozamontoya @fermendozamontoya
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Introducción
Cuento de terror

Materiales
Basado en noticias y leyendas urbanas de mi ciudad: Bogotá.
El Ingrediente Secreto
En la esquina de la Séptima con 115 abrieron ayer un nuevo restaurante. El lugar, lleno de anuncios fosforescentes, muebles exóticos y un olor a comida caliente, atrajo a todos los habitantes del sector. La inauguración fue todo un éxito: varios de mis conocidos se acercaron al lugar y me contaron maravillas de éste, pero yo tenía mis reservas al respecto.
Desde aquella mañana de la apertura me asomaba y veía a las personas entrar y salir de dichoso restaurante, desde la ventana principal de mi apartamento en el cuarto piso de un edificio a medio pintar. “El ingrediente secreto” era su nombre, o al menos, eso era lo que rezaba un aviso sugestivo colgado encima de la doble puerta de vidrio designada como entrada y salida de los clientes.
Recuerdo que una tarde bajé a dar un paseo por el vecindario y aproveché para rodear el lugar procurando no ser notado. Encontré en la parte posterior una puerta que conducía a un pequeño cuarto, del cual salía un olor bastante peculiar que, por más intentos que hice, no logré identificar.
Una noche de noviembre, apenas un par de meses después de la inauguración, escuché un grito de terror y corrí a asomarme por la ventana. Curiosamente, provenía del restaurante, pues toda la manzana se asomó por la ventana más cercana para lograr descifrar qué sucedía, lo que sugería que de ninguna de esas casas había salido aquel sonido desgarrador, y el único lugar que había permanecido sin alterarse era aquel.
A partir del siguiente día noté que la clientela se había empezado a ver considerablemente reducida, pero, por alguna misteriosa razón, aquellos que lo seguían frecuentando salían más satisfechos que de costumbre. Luego de una semana, noté que no era que las personas hubiesen dejado de visitar al restaurante, sino que simplemente no estaban: las plazas, las calles y los parques estaban cada vez más vacíos.
El barrio tomó un aspecto lúgubre y los locales comerciales que rodeaban el restaurante al menos dos manzanas a la redonda estaban a punto de quebrar por la ausencia de clientes.
Una mañana cálida de diciembre me desperté con un escalofrío aterrador, me vestí y salí a la calle, pero no vi a nadie. Ni un alma vagaba por ahí. Desesperado, recorrí entonces cada calle, cada plaza, cada parque y cada local. Nada. Silencio total. No sabía qué hacer y lo único que se me ocurrió fue asomarme al restaurante, en caso de que todos estuvieran allá y yo lo hubiese ignorado gracias a mi ataque de pánico.
Corrí entonces al lugar y empujé las pesadas puertas de vidrio. No había nadie allí. Me quedé parado sin entender lo que estaba sucediendo, hasta que recordé aquel cuarto trasero que había descubierto tiempo atrás y me dirigí hacia allá en cuestión de segundos.
Entré con cuidado y vi una cantidad enorme de cajones rodeados por bloques de hielo, cada cajón tenía un rótulo con nombres de ingredientes culinarios y como no le vi mayor misterio, me atreví a abrir el primero. Grave error.
Casi caigo sobre otros cubos al ver lo que contenía: manos y pies humanos. Cerré de inmediato y abrí otro cajón, revelando su contenido: globos oculares y piezas dentales. Seguí abriendo uno a uno los cajones y vi que en cada uno había restos de lo que alguna vez había sido un depósito de carne humana.
No quise devolverme a cerrar esos cajones, tan solo me limité a salir de allí lo más rápido que pude, corrí a mi apartamento y empaqué en una pequeña maleta todo lo necesario. Acto seguido, salí con mi escaso equipaje a buscar un taxi que me sacara de allí, pero no lo logré antes de caminar tres kilómetros hacia el norte. Una vez me subí al auto, le pedí al conductor que me llevara al aeropuerto en el menor tiempo posible y así fue, aunque el trayecto fue bastante incómodo, ya que el conductor no dejaba de verme por el espejo retrovisor. Apuesto a que olía mi miedo y mi profundo deseo de escapar.
Cuando llegamos a mi destino le pagué al hombre lo indicado, me bajé de su vehículo y corrí a tomar el próximo avión que estuviese a punto de despegar.
Luego de ocho horas de vuelo, llegué al que sería mi nuevo hogar. Alquilé una casa pequeña y las cosas no podían estar mejor… Vivía y respiraba paz. Ahora esa pesadilla culinaria había quedado atrás, no era más que un mal recuerdo. Incluso adopté un perro y lo sacaba a pasear cada tarde.
Una mañana de junio cualquiera, luego de bañarme y tomar mi desayuno como de costumbre, escuché una suave melodía que venía de la acera de enfrente. Me asomé por la ventana de mi habitación, ubicada en el segundo piso de la casa, y sentí de nuevo aquel escalofrío. En el espacio en el que hasta el día anterior había una casa abandonada,
ahora reposaba imponente una lujosa construcción, era un llamativo restaurante. ¿El nombre? Ya se podrán imaginar…


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