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Siempre me ha gustado dibujar, aunque mis derroteros creativos y profesionales me han llevado por otros caminos. Sin embargo, el dibujo ha sido siempre una fuente de desconexión importante o, mejor dicho, de reconexión con esa parte de la mente que la rutina mata poco a poco, sobre todo en la vida adulta, en la que si bien ya no es una manera de expresión que explore muy a menudo, sí que me sorprende en los momentos menos esperados. Por ejemplo, en una tediosa reunión de trabajo en la que, si nadie me ve, me encuentro con una página de mi agenda plagada de bocetos alocados en mi batalla por mantener la concentración, siendo algunos incluso interesantes. En una de esas reuniones, mi mente hizo "click" y fue cuando decidí apuntarme a algunos de los cursos de Domestika que hacía tiempo que me habían llamado la atención. A fin de cuentas, soy publicitaria, y aunque mi disciplina no es particularmente creativa, dibujar me ayuda a abrir la mente y afrontar los proyectos de otra manera. También, a reencontrarme de alguna forma a aquella joven ilusionada que comenzó la carrera soñando con ser directora de arte y que con dieciocho años todavía caricaturizaba a los profesores más antipáticos en el pupitre.

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