El Gallinero
de Nacho Izquierdo @ignacioizquierdofoto
- 972
- 53
- 2













No nos hará falta cruzar el Atlántico para llegar a las favelas de Río o a cualquier suburbio de Caracas. No tendremos que saltar la valla de Melilla en sentido inverso, para terminar en una barriada de Tánger, o pasear por un perdido pueblo del Atlas más paupérrimo. Tampoco precisaremos de un vuelo en dirección sur para conocer las miserias de Nairobi, Kinshasha, El Cairo o Ciudad del Cabo. Nos bastará recorrer los 12 kilómetros que separan el centro de Madrid del poblado chabolista del "Gallinero", al sur de la ciudad, pegadito a la A3, para dar un salto en el tiempo hasta incrustarnos en la realidad más cruel de la España de 2015.
En el Gallinero viven fundamentalmente rumanos que son gitanos, o gitanos que son rumanos, como ustedes prefieran. Gitanos y gitanas que no tienen un trabajo que se pueda llamar tal, sino que trapichean, malcompran, peor-venden, malviven, subsisten. Lo que se pueda, en suma.
Aquí hay una niña llena de mocos que espera a que su madre termine de lavar la ropa, mientras juguetea con una vieja muñeca, a la misma hora a la que debería estar en el colegio. Allí vemos a una joven, que aún debería ser niña -y que jugaba casi anteayer con esa misma muñeca- que está amamantando a su bebé entre cartones y con media sonrisa en el rostro. Más allá, un joven pasea con un perro y se pavonea ante las jovencitas del poblado. Y aquí, a la vuelta, un tipo fornido cosido a cicatrices recoloca con ayuda de su pareja unas uralitas y unas chapas para que la chabola soporte las lluvias, en un remiendo continuo y vital. Es la vida en la trastienda de la gran ciudad, en el más pobre de los poblados pobres. Es este el ágora de los marginados de entre los marginados. Es el Gallinero.
Se calcula que unas 500 personas residen entre maderas, chapas, plásticos y mil desechos en este lugar, tan fuera de tiempo y de lugar como real, lleno de dicotomías, y en donde se habla mucho más rumano que español. Son rumanos, insisto. Ciudadanos de pleno derecho de la Unión Europea que residen en un país de la Unión Europea. Desheredados de la civilización occidental.
Aquí, donde no hay agua corriente sí hay un microondas, una parabólica y una televisión que alimentan sus circuitos con mil cables que roban luz de Dios sabe dónde, para transportar al interior de la endeble caseta imágenes de Bucarest. Donde no hay asfalto, hay lavadoras amontonadas. Donde no hay cuartos de baño, hay ratas en la superficie, a falta de alcantarillado. Y basura acumulada, muchísima basura. De la urbana, de la contaminante, de la industrial. Montañas de residuos. Basura orgánica, y basura corporal. Excrementos, mierda en suma. "Más que en el palo de un gallinero", diría el refrán, tan traído al caso.
El Gallinero nació hace poco más de un lustro y a su manera sigue viviendo la burbuja de la construcción. Aunque sea una construcción ínfima y letal, con chabolas que crecen a lo ancho, vertiginosamente, y sin visos de punto final. Así, creciendo, extendiéndose, se ha convertido en uno de los poblados chabolistas más grandes de Europa. Quizá el mayor. En un extremo de la Cañada Real, poniendo la guinda al camino de la pobreza más cruel de Madrid.
Ya hay que tener ganas para pasar al Gallinero, si uno no tiene la necesidad de hacerlo, la verdad. Allí sólo se adentran los implicados con la pobreza que se palpa con las manos, esa que no se regula desde un despacho porque no cabe en ningún decreto. Es el caso de algunos sacerdotes comprometidos, como el padre Javier Baeza, tan alejado de curias y áticos de lujo, tan cercano a la conciencia social. Y allí también se adentran, en ocasiones, los testigos de lo incómodo.
Pasar al Gallinero con una cámara de fotos es sinónimo de miradas inquietantes ante el objetivo. Pero cuando detrás de la máquina hay un reportero con la mirada limpia de la denuncia, los vecinos de este submundo abrirán sus almas, y abrirán las vidas de sus familias, y abrirán las pseudopuertas de sus pseudocasas para que gentes como Nacho Izquierdo le cuenten al mundo que, en España, en Europa, en 2015, hay quien vive como nadie debería tener que vivir. Es el espejo cóncavo de la crisis de los que siempre estuvieron en crisis. Ahí, junto a la A3, a unos pocos kilómetros del callejón del Gato. Pero puro esperpento, en cualquier caso.
Nacho Izquierdo fue hasta allá para contarnos con este reportaje imprescindible quiénes son y cómo viven las gentes del Gallinero. Y reflejó en su blanco y negro problemas como la alta tasa de natalidad, la precocidad en la maternidad, la insalubridad, la falta de higiene, el absentismo escolar. También nos muestra, porque también los hay, los brotes de alegría que a veces nacen donde pareciera imposible que surgiera la risa. Porque en la mirada de cada ser humano suele haber la esperanza de un futuro mejor, que a veces se asoma al rostro.
Nacho entró hasta las cocinas del Gallinero, y su mirada de luz recibió un importante premio de fotografía de la organización SOS Racismo. Porque contar la verdad en blanco y negro merece la pena. Porque Nacho es reportero, y las ganas de enseñar las cosas corren por sus venas con la misma precisión que la luz entra por sus objetivos. Les invito a conocerlo.
2 comentários
Muy bueno, sobre todo la idea. Lo que me pregunto en concreto es como fue el proceso de introducirte con confianza y llevar además todo el equipo teniendo en cuenta que también te quedaste por la noche.
Un trabajo increíble, algún día nos cruzaremos disparando por las calles.
Un saludo Nacho
Faça login ou cadastre-se Gratuitamente para comentar