La magia de la risa
przez antonio_garcia_65 @antonio_garcia_65
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Es todo un ritual. El domingo, en la noche, con sus hijos, debe de hacer “tiempo de calidad”. Por lo cual, que mejor oportunidad de dedicarlo a la lectura. En este fin de semana ha tocado: Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Afortunadamente han coincidido en gustos y es una actividad agradable. Sin embargo, hoy le ha costado esfuerzo concentrarse en la lectura (y además se reprocha por ello), aunque no le guste admitirlo, sus pensamientos esta en otra parte, en su oficina y sus ocupaciones.
Él, es del tipo de personas que antes de acostarse a dormir, y claro, después de pasar por un ritual de aseo en el baño, dejaba sus pantuflas alineadas junto a la cama, su reloj de pulsera sobre su buró, de manera que pueda ver las manecillas con facilidad, el celular, por un lado, con la alarma debidamente programada y en proceso de esta al 100% de batería en la mañana siguiente. Sólo entonces, es posible que pueda descansar.
Al día siguiente, llegó temprano a la oficina, que es mejor que llegar de manera puntual. Es un día especial. Conoce por sus relaciones en Recursos Humanos d ella empresa, que habrá un ascenso, y que é será el beneficiado. Sentado, junto a su escritorio, repasa la ubicación de los objetos que deben estar encima, tres lápices de afilada punta, tres plumas de diferentes colores, en un bote, que haga juego con su lámpara, y un teléfono, que ha pedido se retire, porque cada vez lo utiliza menos. Este es a su juicio, el escritorio de un trabajado dedicado, cuidadoso y resolutivo, eso dice siempre un escritorio, sencillo, simple y sin trabajo acumulado. Así es como llegan los ascensos, que se traducen en una sola palabra: Éxito. Premio que tarde o temprano, llega a quien cumple con lo que le toca hacer.
Alrededor de las once, por la mañana, llegó la hora. Lo llamaron al a oficina del jefe a través de una secretaria, que lo visito en su espacio de trabajo. Un trato más personal alcanza a distinguir. Se dirige a la oficina, a ese mítico lugar que ahora puede empezar a ser mas bien un punto de reunión cotidiano y de grandes decisiones.
Abre la puerta, saluda, pide permiso para pasar, con un gesto con la mano y la cabeza, sincronizado, lo invitan a pasar y tomar asiento. Mientras avanza revisa su postura, debe irradiar confianza y seguridad.
Entra el responsable de Recursos Humanos, avanza y saluda de mano al hombre principal, y enseguida a aquél que espera su ascenso.Todo va marchando.
Ingresan dos personas más. Dos compañeros de trabajo, los ha visto antes. ¿Ellos qué hacen? ¿Por qué pasan a la oficina? No era lo que esperaba. Se concentra en controlar su respiración: aspirar con suavidad, consciente e imperceptible, exhalar por la boca, contando. Controlarse. ¡La mirada! No quiere que se note nada. Empieza a ver todos los rincones de la oficina para disimular. ¿De qué trata la reunión?, se pregunta. Así, pierde la noción de sus manos, que se enredan en un sinfín de vueltas.
La reunión llegó a buen término. Ascendido, y con un equipo de trabajo. ¡Qué no había solicitado! ¡Eso se salía de control! Era nuevo director, en una área nueva, y con un nuevo equipo de trabajo. Acaso, eso no era gradual, debería ser primero una cosa y luego otra. Luego, ¿con ellos?, de tanta experiencia, éxitos, presencia, historia con la empresa. ¿Ellos? ¿Subalternos? ¿Cómo tendría que hacer el trabajo?
Cuando salió de la oficina y caminaba por el pasillo, sentía que avanzaba por una pasarela. Con las luces que los iluminaban, caminando con ese toque de bailarín, movimientos rítmicos, cadenciosos, sintiéndose observado, de repente, se paralizó. No veía el final, estaba todo oscuro, incluso alrededor, no veía nada. ¿Ese era su futuro? Avanzó con dificultad, ya en su oficina, y volviendo al trabajo, su manos eran de agua, de agua fría, dejando huellas de sus pensamientos en todos lados.
De ahí en adelante, fue una semana difícil. Lleno de dudas, contradicciones y silencios. El miércoles, concluyó que era por ellos. Todas las reuniones de preparación y de organización las hacían difíciles, complicadas. Así no debía ser. Quizo demostrarlo. Empezar de nuevo. ¿Cómo? Anotando toda sus preguntas, con eso sería suficiente.
Durante el trabajo, en esas reuniones, no hubo puntos de vista diferentes. Anotó todas las preguntas, todas. Las releyó después con un juicio crítico, severo. Eran buenas, precisaban, ofertaban opiniones, abrían oportunidades. En resumen, eran buenos y participaban como se esperaba de unos profesionales. ¿Eran mejor que él?
Su método, su rigor, su proceder adecuado, le demostró algo que le hizo sentir molesto en principio. No era de los tipos que aceptará que estaba equivocado, por eso trabajaba bien. Volvió el sudor, se desenfocó su mirada, el sudor abundante, tartamudeaba al hablar y vivió el deseo de no asistir más a las reuniones. ¿Será mejor que alguno de ellos ocupara su lugar?
En el fin de semana, lejos de la oficina, se dedicó a cumplir con sus rituales del domingo, lo que le devolvió cierta calma, que reconoció porque pudo poner sus pensamientos en lo que hacia. Al final, que sucedieran las cosas como siempre, le daba orden a todo lo que hacia. Disfrutó la lectura de Harry Potter, a la par que sus hijos. Se reconoció, en su momento, preocupado y luego sonriente.
De la lectura, llamo su atención unos seres fantásticos, llamados Bogarts. Estos, tenían como característica tomar la forma del mayor miedo de la persona que los descubriera. Menudo problema. Todo mundo se podría dar cuenta de los miedos, de algo tan íntimo, asunto central en este momento de la novela, y tan seguido, en la vida real. Descubrió que mientras se lavaba los dientes, en esos ojos extraños a través del espejo, había una persona que ocultaba sus miedos.
Todo mundo se podría dar cuenta de los miedos, de algo tan íntimo, asunto central en este momento de la novela, y tan seguido, en la vida real. Descubrió que mientras se lavaba los dientes, en esos ojos extraños a través del espejo, había una persona que ocultaba sus miedos.
Un recuerdo de la novela Ello, de Stephen King, al parecer, lo hizo parpadear un par de veces, y desapareció en lo profundo la sensación. Sólo había sido un momento de extrañarse. En la novela de King, el demonio también tomaba la forma de los miedos. ¿Habría sido posible derrotarlo como sucedía en el relato de Rowling y su Harry Potter?
Al día siguiente, para él, en la oficina, empezó la semana sin muchos cambios. ¿Tendría que renunciar sin haber empezado? Era terrible. No podía ponerle nombre a lo que le pasaba, era del tipo de sensaciones que desconocía, como si no fuera él mismo. Caminaba despacio, mirando el piso, y sólo en us cabeza estaba su propia imagen, con los hombros caídos, como si viera su película, una triste película.
Al llegar a la sala de juntas enredaba sus dedos de ambas manos a la altura del ombligo. Estaban heladas. Tomo todo el tiempo y todo el aire que pudo para entrar y continuar con el trabajo.
Se cruzó por su mente que era como enfrentar al Bogart de la oficina. Se reprendió en ese instante por divagar en el trabajo. Por cierto, se recordó que el contrahecho era pensar, inundar la mente, con algo que produjera risa, risa intensa, incontrolable. ¿Por qué pensaba eso? Sin saludar siquiera, saliendo de sus pensamientos, abrió la reunión de trabajo. Tomó con disimulo, varias veces, aire, para intentar encontrar calma.
La situación estaba igual que el viernes, no, peor aún. Tenía dificultad para concentrarse y seguir el hilo de la conversación, sudaba, en la cabeza, la espalda, las manos, era visible, audible, tartamudeaba y pronunciaba unas palabras por otras. Tomaba bocanadas de aire, y le faltaba. Empezó a guardar silencio, no sabía qué decir.
El tormento era peor. Él sabía, que ellos sabían, lo que todo el mundo en ese lugar conocía. El valor de las microexpresiones. Todos los que ansían el éxito lo conocen. Podían ver, leer, palpar, escuchar, respirar, su miedo. No podía evitarlo, ahí estaba todo. Veía cómo lo notaban, bajaban los ojos, chasqueaban la lengua, hacia intentos de escribir, esperando algo valioso, y arrojaban el lápiz sobre la libreta. Ellos lo sabían, algo no iba bien.
Estaba perdido. Entonces, intentó el contrahecho. ¿Fue la desesperación? ¿La calma del domingo que extrañaba? ¿Era su última reserva? ¿Así se acaba y se pierde la cordura? Sin embargo, sólo siguió viendo esos rostros impasibles, duros, sin pestañear, con la boca dibujando una línea recta. No pudo imaginar nada. ¿Qué estaba haciendo? Era peor, era peor, pensaba, se llevo las manos al rostros mientras apoyaba los codos sobre la mesa. Su cuerpo se venció. Tenía que salir de ahí. Se levantó y abandonó la sala.
Salió a caminar, deambuló por los alrededores de la oficina, pensando en nada. Se sentó en una banca y , ahí, quedó abatido.
El tormento era peor. Él sabía, que ellos sabían, lo que todo el mundo en ese lugar conocía.
Se descubrió admirando a una persona, podría ser una señora, porque parecería que era de su edad. Ella, de pie, alta, pelo corto a la altura de los hombros, rubio, pintado, vistiendo una blusa azul claro, amplia, de una tela con suave caída, con un escote generoso a la espalda y de buen gusto para sus ojos. Una falda circular de tela estampada, un excelente contraste, zapatillas claras con un tacón cinco o seis, creía. Con un porte, que comunicaba seguridad y belleza. Con ese garbo, lo que se pusiera luciría. Solamente fue un examen de un par de segundos.
Suficiente. Suficiente para sentir que su cara ardía, con pena bajo la mirada. El motivo: descubrió bajo la tela algunos indicios y detalles de sus prendas íntimas y la desnudó. También en un par de segundos. Se había prometido no hacerlo, y ahí estaba, tocando fondo, decepcionado de sí mismo.
Se puso de pie casi de un brinco. Sonrío. Su cuerpo se torno ligero y atrevido como sus pensamientos. Sus pápanos se entrecerraron sobre sus ojos, para enfocar mejor, aunque estaba tan metido en sus pensamientos que no veía a su alrededor. Podía pasarle un tren por encima y moriría feliz y sin darse cuenta.
Volvió al aquí y al ahora. Volteo y olfateó una mujer bella a sus ojos. Como cuando era joven, y rompiendo sus promesas, la despojó de su ropa. Esta vez, no había morboso deseo, había una inquietante curiosidad de reconocerse en sus habilidades. Su sonrisa radiante apareció cuando también constató que podía hacerlo con los hombres.
Caminó un rato. Se divertía y reía en su interior. Estaba jugando a las muñecas, ahora desvestía y vestía a las personas. Venció el primer reto, hacerlo mientras lo estaban viendo. El segundo, agregar accesorios fuera de lugar, como maquillaje o botas de trabajo. El tercero, que fuera la combinación ridícula que le genere risa.
Volvió a la oficina, a la sala de juntas, giró la perilla con seguridad, y entro con la confianza de que en él estaba todo lo necesario para realizar este trabajo.
José Antonio García Ibarra
Guadalajara, Jal.
Febrero, 2022
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