EL MALACARA
por carmansillac @carmansillac
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Introducción
EL MALACARA
Aquella tarde, como tantas otras bajo el algarrobo del patio, el sol que las hojas dejaban pasar jugaba entre sombras y un rayo de luz hacia brillar la negrura azabache de su pelo, una perla negra. Todo fluía despacio, el tiempo es paciente si uno lo deja, él jubilado y yo cursando tercer grado. Su voz rasposa y sus pausas exactas, su capacidad de detalle pero sin decir demás. No apuraba nunca el relato, abría una ventana al pasado y yo podía ver, veía a Frias. La llanura extendiéndose infinita, como un mar de tierra reseca que el viento barría con fuerza y llegaba hasta nosotros. Podía oler la tierra arada, el guano de los caballos, los yuyos que crecían sin permiso y el sudor de los hombres bajo el sol. Nuestro patio se transformaba en lo que quisiéramos y él quería volver a ser un niño santiagueño.
La ciudad de Frias era eso; el aire caliente que envolvía los cuerpos, el cantar de los chajás a lo lejos, y el mugido de alguna vaca descansando bajo un árbol. Ciclos de resistencia y tenacidad, una tierra donde la vegetación no florecía en abundancia, sino en lucha. Los quirquinchos, armados con sus caparazones, recorrían las tierras secas en busca de alimento, mientras los zorros y las vizcachas cruzaban sigilosamente las noches, bajo un cielo desbordado de estrellas. Caranchos y chimangos, planeaban sobre los campos, esperando que la naturaleza les entregara su recompensa; mientras que las chicharras endulzaban con su canto las tardes calurosas. Su voz abría un camino hasta esa tierra que no siempre conocí, pero que sentí mía. Quizás sabiendo que el final estaría próximo me entrego una pequeña libreta gastada por los años, de hojas amarillentas donde los nombres y números se desdibujaban como si el tiempo también quisiera llevarse esos rastros de historia. Me lo tendió con sus enormes y callosas manos, a diferencia, sobre las mías se veía grande. Al abrirlo, con el miedo a que el papel pudiera deshacerse entre mis dedos, lo primero que veo es una foto amarillenta. Un joven muy galante de traje que no reconozco, pero si alcanzó a leer el nombre que figura arriba: Juan Carlos Frias.
— ¡Sos vos!¡Sos vos! - dije sorprendida mirando una y otra vez la foto y a él, la foto y a él
— Sí mija, es mi libreta de enrolamiento, como el DNI de ahora — me respondió.
Por cierto, de las pocas personas que podían tratarlo de "vos", era yo, quizás por ser “su gringuita”, pero quien rozará esa posibilidad, era tratado de irrespetuoso y un ¿desde cuándo nos hemos igualao´? Ponía a cada uno en su lugar. Ahí estaba él, erguido, con el porte de un hombre que sabía quién era y de dónde venía. Su rostro, belleza criolla de gaucho. En la foto, el hombre era joven, fuerte, casi indestructible. Definitivamente la suavidad de su rostro había dado paso a líneas profundas, cicatrices. Los bordes del papel estaban mordisqueados por el tiempo, como si las historias que guardaba quisieran desaparecer con cada día que pasaba, algo así como si un caprichoso Kakuy posando en el techo de un rancho, estuviera anunciando lo venidero. Le tenía terror al Kakuy, por consiguiente, yo también, esta ave de hábitos nocturnos puede estremecer a cualquier valiente. Su canto similar al lamento profundo, triste y humano anunciaba la muerte. Sin embargo, en ese instante, nunca vi tanta vida.
De su bolsillo, sacó un pañuelo de seda que emanaba la elegancia extrema que el hombre siempre tuvo, tan suave que contradecía la dureza de la vida que había llevado. Llevaba bordado el nombre Malacara, cada letra era pequeña y delicada, la mano que lo bordó tenía la sabiduría sagrada del monte, no eran sólo hilos, era un pedazo de tela testigo de la comunión entre hombre y animal. Acaricié las letras que sobresalían del pañuelo y con mi lectura aún inexperta, deletreé —MA-LA-CA-RA —. Sus ojos se iluminaron al escuchar en mi voz de niña ese nombre. "La Ramonita lo bordó cuando domé al Malacara, el caballo que me hizo hombre" dijo.
***
Ya hace unos años que guardo ese pañuelo y la libreta que así lo describe:
Filiación
Color de piel: blanca - trigueña - negra
Ojos: azules - verdosos - pardos - negros
Nariz: recta - aguileña - deprimida - torcida; chica – mediana - grande
Talla: 1 metro y 76 cm
Señas particulares visibles: Cicatriz en la nariz
Y con domicilio en:
Provincia: Santiago del Estero
Partido o Departamento: Choya
Ciudad, pueblo, localidad, paraje o isla: Frias
Calle: Alberdi N°: S/N
Lugar y fecha de enrolamiento:
Frias, 11 de Julio de 1958
A los 75 años, el hombre de piel trigueña, ojos pardos y redondos, nariz recta aguileña con una cicatriz de marca, 1.76 cm de altura, nacido en Frias, Santiago del Estero, moría. Era mi abuelo, había nacido en 1940 para convertirse en el domador de caballos más elegante que conocí.
Tras la muerte del domador, con la familia nos dispusimos a cumplir su último pedido: esparcir sus cenizas en el Río Albigasta. —“No quiero estar bajo la tierra, sino sobre mi tierra”— dijo alguna vez. Recorrer su pueblo era la pieza que me faltaba.
Escribió Horacio Quiroga: “Sólo es capaz de evocar un color local, quien, sin conciencia de su posición, ha sido un día color de esa localidad” Y mi abuelo, Juan Carlos Frias, sí que era un color de su llanura. Mis ojos lo vieron, lo ven aún; agreste y silencioso, de chañares y quebrachos. Tunas y cardones solitarios testigos de la supervivencia. Poleo, tomillo y cedrón aromatizando todo. El sol se levantaba y con él la certeza de que la vida en el campo no daba tregua pero ofrecía algo a cambio siempre. El campo es poderoso, el trabajador de la tierra conoce ese misterio y el cuero cada día más duro y cada día menos ternura lo protege.
El padre de mi abuelo, Don Frias, a fuerza de rebenque medía la fortaleza de sus hijos y les asignaba un rol. La violencia de los hombres del campo era proporcional al valor, una vez pasarán la ferocidad humana, los esperaba la ferocidad animal. Es difícil entender como dulce y violentamente Don Frias amansaba. Así, ante el maestro, mi abuelo tuvo su iniciación como domador y bajo sangre lo marcó. La inexperiencia lo entrego al primer error y en una distracción, la pezuña del animal que no iba a rendirse se encargó de regalarle un tajo limpio en el puente de la nariz, dejo claro quién era una fiera. Los ungüentos medicinales de la Ramonita, que desde el rancho con ojos de puma veía a los críos convertirse en hombres, ya se iban macerando para quien fuera la primera víctima de la bagualada. Eso pasaría después, curaría la nariz de mi abuelo y esa cicatriz sería su marca registrada. Ante la patada sabia del caballo, insistió, volvió a montarlo mientras goteaba su sangre sobre el lomo. No podría decir que fue un lazo de sangre porque el único que sangro fue mi abuelo, pero no hay dudas que el animal entendió la fortaleza de ese domador y lo eligió. Un caballo de pelaje colorado-alazán con una lista blanca desde la frente al hocico se convirtió en su lección más dura, en su primer desafio y también su primer amor, el Malacara lo nombró. Así fue como el Malacara, después de su rebelión, eligió al hombre. La fuerza de la naturaleza no se doblega por voluntad, sino por respeto. Con la calma del que conoce los ritmos de la tierra no exigió más de lo que el caballo estuviera dispuesto a dar. Y eso lo cambio todo. Una relación tácita entre ellos, día tras día. Antes de montarlo, se paraba de frente, lo miraba a los ojos y apoyaba su mano sobre el corazón del Malacara, el latido del hombre y el latido del animal sincronizados. La tierra escucho y bendijo esta unión. "Nunca fue mío", decía, "Malacara siempre fue de la tierra."
Entre fustes y caballos salvajes, mientras Don Frias y los hijos varones curtían los cueros, la Ramonita y las hijas mujeres trabajaban en la casa. Madre de 8 varones (Juanes) y 4 mujeres (Marías), el tercer varón fue mi abuelo. Una mujer de sangre mitad india, hecha de tierra, talán talán y espinillo. Le prendía una vela a Mamá Antula para que cuide su rancho y en sus manos el secreto de la naturaleza estaba a salvo. Sabía escuchar a las plantas y por eso le susurraban la medicina sagrada, nunca faltaba el ungüento cicatrizante para los domadores: telas de araña con grasa animal macerado con jarilla, una especie de pasta con la textura del Mentisan. Cortaba una ramita acá, una hoja allá y tejía remedios y alivios. No cualquiera podía arrancar un yuyo o tomar del monte sin pagarle su respeto, ella nunca pidió más de lo que la tierra ofreció. Respetuosa de su poder, sabía que si se toma demás, tarde o temprano la tierra reclama.
***
Parte de las cenizas de mi abuelo quedaron en el río; otras se hicieron una en la tierra. Sé que el Malacara murió, cómo ni cuándo nunca lo supe. Mi abuelo siempre habló de su caballo en presente y nunca se refirió a su muerte. Caminé sobre la misma tierra que los vio nacer, bajo el inclemente sol santiagueño, que alguna vez se levantó en polvareda bajo su andar. No hay fotos del animal, no hay indicios de su existir ni rastros en la tierra; el viento se encargó de borrarlos. Los ojos de mi abuelo fueron la prueba viviente de su existencia.
FIN
Materiales
Notebook - hoja y lápiz
Libreta de mi abuelo, el cuál inspiro este cuento.
..

Mi cuento esta inspirada en esta Libreta de mi abuelo que algún día ya hace unos años, me la regalo. :):)
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1 comentario
Hermoso relato.
Muy agradable leerlo. Muy bueno. Felicitaciones.
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