SIMULACRO
SIMULACRO
por Jorge López Medina @artemultiple
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SIMULACRO
Esa mañana amanecí de mal humor. Además de haber derramado el café sobre la cama, me di cuenta que había subido de peso. Debía ir al almacén a cambiar los pantalones que compré un día antes. Llegué lo más temprano que pude, pues luego cumpliría algunos compromisos urgentes en la oficina. El empleado que me atendió revisó que todo estuviera en orden y me ayudó a localizar otros pantalones en talla treinta y seis. ¡Treinta y seis! Pensé que había llegado al tope cuando pasé de treinta y dos a treinta y cuatro, apenas hace dos años. Me angustia pensar que debo ponerme a régimen y volver al ejercicio, precisamente ahora que es de valientes salir a trotar en esta ciudad.
—En unos momentos habrá un simulacro —me explicó el empleado mientras hacía el papeleo para el cambio—, debemos salir de la tienda durante unos minutos. Esperemos que alcance a terminar su trámite en caja; de lo contrario, una vez que nos permitan entrar, regrese para que le cobren la diferencia, por favor.
Unos minutos después sonó la alarma. Pese a estar ya advertido, su sonido estridente me hizo estremecer. Yo esperaba turno cerca de la cajera. Ella, en cuanto escuchó el aviso, sólo terminó con el asunto del cliente que ya había empezado a atender y de inmediato puso llave a la caja registradora.
—Debemos salir, es un simulacro —dijo. —No se alarmen. Sigan las instrucciones de mis compañeros, por favor.
Todos los clientes fuimos conducidos a la puerta de salida. Una mujer preguntó: “¿Qué está pasando? ¿Hay un incendio? ¿Un asalto?” Su rostro estaba descompuesto, toda ella temblaba. La comprendo, todos los días hay noticias de violencia en esta ciudad, uno sale y no sabe si va a regresar vivo a casa. Nadie le había advertido acerca del simulacro. Uno de los empleados se acercó e intentó calmarla explicándole todo. Ya en la calle tomamos nuestro lugar en la fila, junto a una empleada que sujetaba en sus manos un letrero que decía punto de reunión.
Observé la hora en mi celular: Nueve con cuarenta y un minutos. Pregunté a una mujer con uniforme azul y gafete que parecía estar coordinando el simulacro que cuánto tardaría en terminar. Me respondió que veinte minutos, aproximadamente. No podría llegar temprano al trabajo, como tenía previsto, pero tampoco quise irme sin terminar de realizar el cambio, pues otro día se me haría más complicado. Así que me hice de paciencia y decidí esperar.
Una niña pequeña de vestido amarillo me observaba. Estaba, tomada de la mano de su madre, a tres lugares detrás de mí. El que parecía ser su padre quien sabe que tecleaba en su teléfono. Debe haber sido mi corbata la que llamó su atención. No se usan mucho por aquí. Le sonreí y ella lo tomó mal, pues escondió su cara entre los pliegues de la falda de su madre. Luego de un rato escuché que lloriqueaba pidiendo algo. Vi que el padre, con expresión malhumorada, se alejó de ahí y supuse que hacia la tienda, para comprar lo que la pequeña exigía con tanta vehemencia.
Hasta ese momento no recordaba que ese día se celebraba la fiesta de San Juan. Cerca del almacén, cruzando la calle Nicolás Bravo, está la iglesia dedicada a ese santo, con su pequeña plazoleta rodeada de árboles. Un estruendo de cohetes estalló de pronto. Me estremecí encabronado. Detesto esa tradición. No creo que a don Juan, el santo, le interese mucho que se le venere haciendo escándalos como este. La niña del vestido amarillo se asustó tanto que empezó a llorar. Su madre estaba encinta, pero aún así la alzó en brazos e intentaba calmarla. Vi cruzar encima de nosotros una parvada de palomas que huía hacia zonas más pacíficas. El olor ácido de la pólvora llegó hasta aquí. Dos perros callejeros pasaron a toda prisa buscando un refugio. No entiendo cómo puede sostenerse esa tradición, más en esta época de violencia extrema. Algunas madrugadas me ha despertado un estruendo así, pero no puede uno discernir si se trata de cohetes o balazos. Ambos son cosa de todos los días.
Los minutos corrían y el simulacro no llegaba a su fin. El Cuerpo de Bomberos participó con un camión y lo estacionó frente al almacén. Los encargados daban instrucciones al resto de los empleados, algo relacionado con los protocolos de seguridad, la revisión del edificio, cosas así. De pronto otra serie de estallidos me sobresaltó de nueva cuenta. Esta vez provenía del lado contrario al templo. “¿Y ahora qué? ¿Una peregrinación?” me pregunté. Estaba equivocado. Se trataba del sonido seco de armas de fuego que iba acercándose. Cuatro hombres pasaron cerca, corrían por el arroyo de la calle resguardándose entre los vehículos estacionados. De cuando en cuando apuntaban hacia sus perseguidores y descargaban sus metrallas. El sonido de las patrullas parecía acercarse a toda velocidad. Con una tremenda opresión en el estómago, lleno de espanto, me agazapé junto a la llanta del camión de bomberos. La fila donde me encontraba se convirtió en una hilera de fichas de dominó cayendo, todo mundo gritaba y se aventaba buscando dónde resguardarse. Por debajo del camión miré hacia el arroyo de la calle justo en el momento en que uno de los perseguidos caía al piso en medio de un borbotón de sangre. Los otros tres seguían disparando desde sus trincheras, al tiempo que se protegían para no ser alcanzados por las balas de los policías. Uno de ellos cayó también fulminado por una bala precisa que le reventó el pecho.
Para entonces la señora y la niña lloraban abrazadas a unos metros de mí. En una pausa que hubo, cuando parecía que la balacera había llegado a su fin, recuerdo que soltó a la niña y gritó el nombre de su esposo. Se le veía el rostro enrojecido por el llanto. Se asomaba en dirección hacia la tienda. Lo vio correr hacia nosotros aprovechando la tregua. —¡Aquí, Ramiro! —Ella lo llamó a gritos. —¡Anda, corre, acá estamos!
Él, a toda prisa, llegó con el rostro blanco por el susto. Se agazapó también y consoló a su hija abrazándola. La calma no duró mucho. A los pocos segundos se reinició la refriega. Era insoportable el sonido de las metralletas, de uno y otro bando. Sentí mi temblor, el deseo de escapar de ahí como fuera. Recuerdo que un hombre de edad avanzada, tanteando con su bastón el piso, muy expuesto a las balas, se acercó y nos preguntó con una sonrisa fuera de lugar: —Oigan ustedes: ¿Saben cuanto más durará el mentado simulacro?
El almacén seguía cerrado. —¡Agáchese, señor! ¡Cúbrase, por favor! —Le pedí a todo pulmón. ¿Qué más podía decirle?
4 comentarios
Me gustó 😊
Hola, Jorge. Muchas gracias por entrar al curso y felicidades por completarlo. Espero que lo que vimos te haya servido y te siga sirviendo.
Acabo de leer "Simulacro" y te voy a dejar algunos comentarios. Como siempre digo en estos casos, aunque algunas de las observaciones no sean positivas o no se concentren en lo que más te interesa de tu propio texto, por favor no las tomes a mal. Considera que se hacen con la intención de ayudar a que sigas mejorando tu trabajo, y que en cualquier caso son opcionales. Tú decides lo que te parece útil, y lo que no, de cuanto se te recomiende.
En caso de que no los conozcas, en la lista que sigue te dejo enlaces a tres cuentos en los que se ven diferentes formas de violencia en contextos cotidianos. Tal vez te puedan servir como ejemplos para revisar tu texto (en especial pensando en lo que te decía de la velocidad o "tempo" narrativo) o escribir otros similares más adelante.
Una vez más te agradezco y te deseo suerte y éxito en tus proyectos futuros.
@jorgelome
@albertochimal Estimado Alberto, hasta ahora me entero de tu comentario y he recibido una grata sorpresa. Quiero expresarte mi gratitud por tomarte el tiempo para comentar mi trabajo. ¡Muchas gracias! Y claro que tomaré en cuenta tus recomendaciones para ir mejorando mis relatos. Aquí seguiremos en contacto. Saludos desde Acámbaro, Gto.
@tesa1983 ¡Eso motiva para seguir aprendiendo! ¡Muchas gracias!
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