Sol
por Diego Bello Luna @diegobelloluna
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Introducción
Sol
Entró decidida a robar algo de la tienda, no era la primera vez que lo hacía. Su cuerpo flameaba por dentro. Cada nuevo paso entre los aparadores aumentaba el calor que sentía. Los colores vibraban, saturados. Las pupilas dilatadas se abrían al mundo como una flor al mediodía.
Eligió un frasco de perfume. Lo sostuvo un instante, sin pensarlo dos veces, lo escondió en su escote, bien adentro. Al caminar hacia la salida, el ritmo de sus pies acompasaba su corazón acelerado. No pensaba, solo ardía.
Finalmente, explotó el orgasmo contenido al pasar por el umbral de la puerta sin ser descubierta. Ese día, se sentía invencible, deseada por el universo, inmortal.
Sol era su nombre, como si alguien hubiese querido anticipar su destino o sellar una condena. Había en ella una luz que desbordaba los contornos de lo común. Reía con el cuerpo entero, hablaba como si el tiempo nunca alcanzara. El brillo que Sol irradiaba alumbraba a las personas y objetos de su entorno, pero también proyectaba en ellos sombras insondables, que se deslizaban silenciosas justo detrás, en los rincones oscuros y tristes. Sol no era solo su resplandor. Era también su penumbra. Y vivía suspendida ahí, en esa cuerda floja invisible, oscilando sin tregua entre el impulso de subir cada vez más alto y el magnetismo del vacío, de la inminente caída.
Nunca olvidaré la sesión de esa semana. Entró sin saludar y se sentó en el borde del sofá, como quien está lista para huir. Llevaba un vestido rojo intenso, tan transgresor como el maquillaje que cubría su tierno rostro. Se veía tosca, desproporcionada. Parecía una niña disfrazada de mujer.
Nuestros ojos finalmente se encontraron. Me preocupé. Pude ver en ellos un brillo que ya conocía, intuía lo que venía. De pronto, desvió la mirada, sacó un cuaderno y comenzó a leer lo que había escrito la noche anterior:
—Quiero dejar la facultad de Psicología. No la necesito. Este sistema adormece a las almas despiertas como la mía.
Me hablaba con urgencia, sin pausas ni silencios, como si necesitara vomitar su mensaje antes de que se desvaneciera en el aire. Al comienzo intenté seguir su ritmo, pero en el camino me perdí. Sus ideas se tornaban cada vez más extrañas. Me describía una misión que solo ella entendía, me hablaba de la luz, del despertar, de que le había sido develado su camino en este plano terrenal. En medio del tifón de palabras, mencionó algo que me inquietó:
—Sabes, Armando, aunque no me creas, yo sé que la luz es tan real como tú y yo en este momento. La veo, la siento dentro mío, incluso la escucho hablarme. Me dice que es mi momento de despertar, de renacer.
Intenté intervenir, decir algo sutil, pero que pusiera un límite a su desborde. Me interrumpió con una sonrisa:
—No me analices ahora. No quiero eso hoy. No quiero que me cortes las alas.
Su tono no era violento, pero había en él una distancia nueva. Como si yo hubiera dejado de ser un refugio para convertirme en un obstáculo.
Me miró entonces, directo a los ojos. Y dijo:
—No necesito que me entiendas. Ni siquiera que me escuches. Solo vine a despedirme. Porque ya estoy lista, ya no soy la misma chica rota. Ahora estoy bien, tengo una misión en la vida.
Una parte mía quería creerle, motivarla al cambio, confiar en que esta vez iba a ser diferente; sin embargo, ese brillo en sus ojos aparecía frente a mí como una sentencia. Sabía que era una más de sus crisis, de esas que cada cierto tiempo aparecen sin tocar la puerta, circulares, difíciles de elaborar en el consultorio, por su intensidad, por su desenfreno.
Me quedé en silencio. Supe que cualquier palabra podía empujarla más lejos. Sentí miedo. No por mí, sino por ella, por lo que ese alejamiento podría significar.
—¿Y si no estás lista todavía? —pregunté, con la voz más calma que logré sostener.
—Ese es el problema contigo, Armando —respondió con dulzura, casi con lástima—. Siempre dudas. Y yo, por primera vez, no tengo dudas. Tú crees que esto es más de lo mismo, ¿cómo es que Freud le dice? ¿Compulsión a la repetición?
Sin esperar una respuesta, se levantó, me dio un beso en la mejilla —gesto que jamás había hecho antes—, y se fue.
Me quedé mirando la puerta cerrada. Aunque su cuerpo ya no habitaba el espacio, quedaba una resaca de su presencia flotando en el aire. Su intensidad parecía adherirse a las paredes, a los objetos, incluso a mí. Sentí cómo su energía me recorría el pecho, como una corriente difícil de contener.
Respiré hondo, intentando serenarme, recuperar cierta claridad. Me acordé de una frase que había escuchado en mi propio análisis esa semana: “El mayor acto de amor en el análisis no es hablar, sino saber esperar”. La repetí en silencio, como un mantra. Pero no estaba convencido de la espera. Había algo en su despedida que no me dejaba tranquilo. No fue solo su determinación, fue esa mezcla de certeza y delirio. Sentí que no era solo una separación, era una huida. No era un proceso en pausa como otras veces, sino el eco de un abismo.
Dudé unos segundos. Luego, con la incertidumbre de estar traicionando un límite clínico, tomé mi celular, busqué el número de su madre y marqué. Al segundo tono, una voz temblorosa contestó del otro lado:
—Justo quería hablar contigo, Armando… La veo muy mal. Estoy muy preocupada por ella.
Semanas después del encuentro con Sol, su sombra fue sutilmente asomándose, primero agazapada entre la fatiga, la falta de ganas, y luego tomando el timón de la nave, controlando pensamientos y emociones a discreción. Finalmente, sus ojos se cerraron como las cortinas de su habitación, generando una profunda oscuridad que se fundía con todo su ser como si fueran una sola cosa, un solo ente. El dolor no tenía sonido, solo era un ruido sordo que todo lo cubría. Todo brillo le resultaba una provocación violenta, su cuerpo se negaba a permitir la entrada del sol que alguna vez la había definido. No era tristeza lo que sentía. Era algo más denso, como si una sustancia viscosa se hubiese instalado sobre su pecho, impidiéndole respirar, hablar.
Su mente divagaba en pensamientos nebulosos, se enfocaba en evocar todos los errores que había cometido en su vida y lo inútil que era. Cada vez que abría los ojos sentía un gran peso sobre su cuerpo, una fuerza gravitatoria que la dirigía y sumergía hacia el fondo de su cama, rendida, sin poder moverse. Finalmente, un domingo, en el ocaso de la semana, una idea nació, fue alimentándose de la sombra y haciéndose cada vez más contundente:
—Ya no aguanto más, no me queda más energía, solo quiero descansar.
La llamada llegó una mañana de miércoles, mientras preparaba el consultorio para un nuevo día. Era la madre de Sol.
—La han internado —dijo, sin rodeos—. Fue esta madrugada. Y, entre sollozos contenidos, mencionó: —Me siento destrozada, Armando. Se intentó matar, se quiso suicidar.
Me quedé en silencio. No me sorprendió lo que me dijo y, sin embargo, sentí una mezcla de miedo, quizás culpa. Era esa sensación de impotencia que a veces acompaña al trabajo del que escucha: haber visto venir la tormenta, sin poder hacer nada para evitarla.
—Iré esta tarde —le respondí.
Horas después, al entrar a la clínica, me anuncié en recepción y esperé. Era una espera ansiosa, por el reencuentro, por volver a escucharla. La enfermera me condujo entre largos pabellones hasta un pequeño consultorio. En el camino, mientras la seguía, pensé en las veces que Sol había hablado de su miedo a los hospitales, al encierro, a perder su libertad.
Me imaginé hallarla en su peor momento, pero al verla, no encontré rebeldía ni quejas. Estaba sentada en el sofá, con la mirada perdida en una ventana, mirando el afuera. Cuando me vio, forzó una sonrisa.
—Sabía que vendrías —dijo, casi en susurro—. Tenía miedo de que no lo hicieras, pero en el fondo sabía que ibas a venir a verme.
Me senté frente a ella. Por unos segundos no dijimos nada.
—¿Cómo te sientes ahora? —pregunté, con voz serena pero curiosa.
—Cansada. Vacía. Me duele mucho.
—¿Qué te duele?
—La caída. El silencio después del ruido.
Hizo una pausa. Luego, giró hacia mí.
—¿Por qué siempre mi vida es blanco o negro, Armando? Mientras más subo, más me duele la caída. Ya no quiero caer de tan alto.
La miré con cuidado. Era la primera vez que Sol podía hablar de sus extremos con tanta claridad. Finalmente, le dije:
—Entiendo. Quizás la clave sea construir el gris entre el blanco y el negro, Sol, o aprender a habitar ambos espacios sin perderte.
—¿Tú crees que eso es posible?
—Creo que es difícil. Pero también creo que nombrarlo ya es un comienzo.
Se quedó callada. Esta vez, el silencio era distinto. No era una fuga ni una resistencia. Era un momento de encuentro.
—Ya no puedo caer de más alto, Armando. La próxima vez me muero, no podría resistirlo. ¿Qué pasa si me vuelvo a caer?
—Si eso sucede —le dije—, tu familia, tus amigos, todos los que te queremos estaremos aquí para aguantar tu caída, para ayudarte a levantarte y continuar. Pero tienes que confiar en nosotros, en tu mamá, en la terapia.
No respondió. Pero en su rostro apareció algo parecido a la gratitud, o al alivio. Era tenue, pero estaba ahí.
Al salir de la clínica, sentí que esa visita no había cambiado nada… y, sin embargo, lo había cambiado todo.

Materiales
Utilicé revisión de notas de algunos pacientes, guardando siempre la confidencialidad. el DSM 5 (manual de trastornos mentales)
Sol
Soy psicoanalista y quiero hacer un libro de cinco cuentos. Cada personaje de mi cuento tiene un trastorno mental. En el caso de Sol, tiene un trastorno bipolar tipo 1. Me gustaría el libro de llame: Cuerda Floja, y que en cada cuento del libro aparezca escrito "cuerda floja", como un elemento que los una. El objetivo es profundizar en los personajes más allá de su diagnóstico psicológico, rescatar a la persona detrás de la etiqueta.


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