Entre manos y mentiras
by Maritza Alejandra Garcés Mardones @garcesmardones2017
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Introducción
Mi creación es un texto narrativo-reflexivo que combina recuerdos personales, observaciones íntimas y emociones heredadas. A través de la figura materna, la mentira, y las manos como símbolo de acción y legado, exploro la construcción de la identidad y cómo los gestos cotidianos pueden marcar profundamente nuestras formas de ser. Este escrito es una invitación a mirar nuestras manos y lo que hacemos con ellas como reflejo de quienes somos y de las historias que cargamos.

Materiales
- lápiz gel tinta negra
- Pequeño cuaderno
- Archivo word
Proceso de inspiración
En mi proceso decidí escribir sin vergüenza, pensar que lo escribo, lo escribo para mi, evocar la memoria. También recurrir a la infancia siempre me lleva a un lugar sensible, en donde puedo encontrar el material de inspiración.

Entre manos y mentiras
Recuerdo que mi madre tenía dos diarios de vida. Los guardaba, no los escondía —según mi lógica—, se encontraban en un cajón al que todos podíamos acceder. Siempre nos dijo que podíamos leerlos si queríamos, y que no le avergonzaba lo que había plasmado ahí durante la segunda mitad de sus veintes.
Esto, para mí, fue chocante. Me surgieron preguntas como: ¿mi mamá vivió experiencias que no podía expresar en voz alta? o simplemente, ¿siempre fue así?
Con los años confirmé que sí, que ella siempre fue así. Y esa certeza me provoca angustia y vergüenza. Porque yo sí he vivido situaciones que preferiría que nadie leyera.
Creo haber desarrollado una habilidad para mentir con descaro. Puedo mirar directamente a los ojos de quien engaño sin titubear. Cuando surge la necesidad de dar una excusa creíble, la invento en el momento con absoluta facilidad. ¿Cuándo fue que naturalicé la mentira?
Mi primer recuerdo asociado a esto fue cuando mi mamá me pedía que dijera que no estaba, ya sea porque la buscaban afuera o por teléfono. Su rostro sereno me transmitía que no pasaba nada. Desde pequeña entendí que mentir era algo propio de las personas, algo cotidiano, sin culpa.

Manos
Tal vez por eso, cuando observo mis manos, pienso en todo lo que han aprendido en silencio. Así como aprendí a mentir sin culpa, también aprendí a actuar, a tocar, a esconder, a sostener. Mis manos son testigos de todo aquello que no siempre se dice en voz alta. A veces creo que en ellas se acumula la historia de lo que soy, lo que he hecho y lo que he callado.
Cuando observo mis manos con atención, no puedo evitar recordar un evento ocurrido, creo, en 2018 (yo tenía 19 años). Mi madre me invitó a una actividad en la parroquia de siempre. Se trataba de una especie de “musicoterapia” guiada por una profesional. Al principio no quería ir; me incomodaba la idea de moverme frente a otros. Tengo ritmo, pero no me gusta bailar en público.
Luego de tres sesiones, la profesora cerró con una dinámica hermosa, que cambió la forma en la que me relaciono con mis manos —esas que nos conectan con lo sensorial y reflejan quienes somos. Las participantes eran mujeres de distintas edades, yo era la más joven.
La actividad consistía en caminar por la sala y, al encontrarse con otra compañera, observar detenidamente sus manos: textura, color, tamaño. La idea era “recolectar” tantas manos como fuera posible.

Reflejo de quienes somos
Recuerdo unas particularmente ásperas, secas, con durezas. Imaginé que su dueña tendría unos 50 años. Me figuré que hacía trabajos duros, probablemente con productos de limpieza o en la pesquera. Quizás me equivocaba, pero tenía la certeza de que llevaba años haciéndolo.
Las últimas manos que toqué eran de una abuelita que aparentaba unos 80 años. Su piel era extremadamente suave, arrugada, casi elástica.
¿Trabajó en su juventud? ¿Fue secretaria, profesora, dueña de casa? No lo sé. Podría inventar muchas teorías sobre los oficios que una mujer de clase baja podría haber tenido en los sesenta. Al final, nuestras manos contrastaban tanto… eran el ejemplo perfecto del inicio y el fin de la vida.
Esa actividad me hizo preguntarme: ¿hasta dónde me llevarán mis manos? Los pies nos movilizan, sí, pero son las manos las que deciden dónde quedarnos.
El hecho de tocar y observar tantas manos me generó ternura. Me hizo ser más consciente de lo que ellas hacen: acariciar a mi gata, cocinar para quienes amo, tocar instrumentos, caminar con mis primitos, escribir.
Pero también comprendí que no todos usan sus manos del mismo modo. Algunos no pueden. Otros no quieren. Hay quienes las usan para hacer daño, para delinquir o evadirse. Las manos pueden revelar la dualidad humana: el bien y el mal.

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